Soy un chileno que vive fuera de Chile desde hace ya un poco más de 40 años y que, a pesar del tiempo transcurrido, a pesar de las experiencias vividas fuera del país en que nací, sigo siendo chileno. Mi conexión con Chile no sólo no ha disminuido con el pasar del tiempo, sino que, por el contrario, ha crecido. Incluso me atrevería a decir que hoy en día soy más chileno que cuando vivía en Chile. Quizás sea parte del hecho mismo del pasar del tiempo, o quizás sean los eventos que sacudieron a Chile en la décadas de los ’70. En todo caso, no he dejado ser chileno, con todo lo que eso implica; tanto los defectos como las virtudes de los chilenos son parte de mi bagaje cultural, aunque esto no significa que no haya cambiado.
Mientras viví en Chile participé en política como la mayoría de los ciudadanos de cualquier país: tenía mis preferencias y voté en las elecciones que me tocaron. De haberme quedado en Chile lo más probable es que habría seguido participando en la política de Chile de esa misma manera, por lo menos hasta el golpe militar del 11 de septiembre de 1973, evento trágico que se prolongó por 17 años y que aún pesa en la vida diaria y en el alma de los chilenos.
Como tantos otros chilenos que vivimos en el extranjero, no me fue posible sustraerme al acontecer chileno, aún viviendo en Nueva York, ciudad de una intensidad inimaginable y de una variedad vital que a veces es apabullante. Los mismos eventos que remecieron a Chile alteraron definitivamente mi vida en este país y en esta ciudad donde elegí vivir. A pesar de la distancia geográfica y del tiempo, el impacto fue feroz y definitivo. Mi ausencia física de Chile nada hizo para aminorar el impacto; inumerables amigos y familiares estaban en Chile y sustentaban ideas que el gobierno de facto intentó suprimir y sufrieron en carne propia los efectos de la persecución. Muchos de ellos murieron en enfrentamientos y otros muchos fueron detenidos y torturados salvajemente. Tres de mis hermanos fueron arrestados, torturados y exiliados. No fue necesario que yo sufriera en carne propia los efectos de los eventos que se estaban desarrollando en mi país para definir mi posición. Mi compromiso con mi familia, mis amistades y mis colegas fueron más que suficientes para impulsarme a actuar y defender la idea de “patria” que fluye del corazón mismo de nuestra historia, nuestra cultura y nuestras familias y que se me había inculcado desde niño. Mi propio futuro estaba en juego, ya que nadie podría haber asegurado que yo no iba a volver a Chile ni que no vaya a volver en los años que me quedan. El no estar en Chile era, y es, un hecho secundario. La defensa de los valores fundamentales fue más importante y desde los primeros momentos de la intervención de las fuerzas armadas de Chile entré a formar parte de los grupos que se crearon para lograr el retorno de Chile a lo que me parecía en ese entonces, y me sigue pareciendo, como una definición natural de Chile (y de cualquier país): la democracia. Si bien es cierto que la democracia no es perfecta y que parece requerir de constantes ajustes y cambios, también es cierto que, al menos por ahora, no hay otro sistema mejor.
Mi relación con Chile, fraguada y definida en el dolor de los que sufrieron directamente los asedios de la junta militar, plasmó un intenso interés por seguir participando en lo que es la vida diaria de Chile y de alguna manera contribuir e influenciar el futuro de Chile como nación, cosa que como todos los ciudadanos podemos hacer a través del voto. E igual actitud he observado en la inmensa mayoría de los chilenos que viven en el extranjero con los cuales he tomado contacto ya sea directamente o a través de la página Votoenelextranjero.org que dirigí por más de un año y que actualmente está en receso. Actualmente se estima que hay alrededor de un millón de chilenos viviendo en el extranjero, un millón que, a pesar del hecho innegable de que muchos volverán a Chile, no pueden manifestar su opinión ni afectar lo que será nuestro país en el futuro, para cuando ellos y ellas vuelvan a su país. Y esto a pesar de que la actual Constitución establece claramente que tenemos derecho a votar por el sólo hecho de ser ciudadanos, derecho que fue refrendado con la aprobación de la enmienda a la Constitución sobre el voto voluntario y la inscripción automática. Lo que falta son los mecanismos para ejercer este derecho. Sin embargo, la ley orgánica presentada por el gobierno de Michelle Bachelet languidece en el congreso mientras los congresistas están absorbidos por las elecciones presidenciales de diciembre. Una vez más los derechos de un grupo importante de chilenos han sido postergados por intereses del momento. Se cree que el destino de este derecho está en manos del próximo presidente y el pensamiento es que si sale Sebastián Piñera (quien aparece ganando las encuestas) esta ley seguirá durmiendo en el congreso. Sin embargo, los que así piensan parecen olvidar que los derechos contenidos en la Constitución no dependen (o no debieran depender) del presidente de turno, la Constitución es el documento que nos rige a todos por igual y no es aplicable según el gusto o tendencia de tal o cual presidente. Lamentablemente, los sucesivos gobiernos de la Concertación nada o poco hicieron hasta el actual gobierno que hizo un verdadero intento y sacó este tema a la luz, lo que es un progreso. Por su parte, el congreso chileno, se caracterizó por su inacción y manipulación de este tema postergando continuamente cualquier acción al respecto.
A pesar de que las comparaciones no siempre son válidas, no deja de extrañar la rigidez con que Chile enfrenta los cambios que en algunas partes de este guijarro espacial ya son parte de la historia y hasta de la pre-historia. En los Estados Unidos el voto de los estadounidenses que viven en el extranjero existe desde hace tanto tiempo que nadie recuerda desde cuándo y a nadie le produce extrañeza el hecho de votar desde el extranjero. Lo que les parece increíble a los estadounidenses es que haya países donde esto no es así, donde este derecho sea un problema. La gran mayoría de los países europeos ya cuentan con este derecho y hasta la fecha no se ha producido ningún terremoto electoral ni menos uno de los otros. Incluso en España, los ciudadanos españoles que viven en el extranjero pueden votar en las elecciones municipales y en más de un municipio la elección fue decidida por los españoles que viven en el extranjero y en algunos casos hay más electores en el extranjero que en el propio municipio (1). En Italia los italianos que viven en el extranjero tienen un representante en el parlamento. Recientemente Bolivia y Ecuador entraron al club de los países cuyos ciudadanos que viven en el extranjero pueden votar en las elecciones.
Y podríamos seguir con los ejemplos, pero el punto es que Chile, como pasó con la ley de divorcio y como pasa frente al aborto, parece decidido a mantener tenazmente su rigidez ideológica y su pasión por conservar un pasado que ya dejó de existir hace bastante tiempo. Cuando Chile aparece en la prensa extranjera muchas veces la noticia aparece con una especie de advertencia; “Chile, país extremadamente conservador”. Muchas de las razones dadas para oponerse al voto de los chilenos en el extranjero tienen ese sabor y también el sabor amargo de conllevar una acusación de casi traición a la patria por haberla abandonado yéndose a otro país. Sin embargo, los que así piensan parecen olvidarse de que el primer abandono es precisamente del país mismo el que, a través de sus políticos y gobernantes, prácticamente obligan a grandes grupos de sus nacionales a abandonar el país. No sólo por razones políticas, como sucedió como consecuencia de las persecuciones durante el gobierno militar, sino que por razones económicas, que es la principal, y también por razones culturales, que es una de las más mencionadas. Cabe destacar que la mayoría de los exiliados políticos ya están de vuelta en Chile y en el proceso de emigración que se sigue dando ya no cuentan las razones políticas. La principal causa es la falta de oportunidades económicas, lo que no deja de ser irónico ante el famoso “milagro económico” de Chile.
También se produce un olvido o ignorancia sobre la importancia que tienen los chilenos que viven en el extranjero para el país, no sólo como embajadores y representantes de nuestra cultura, sino que como un factor económico. Según el Banco Central, los chilenos del exterior aportan anualmente alrededor de 50 millones de dólares por concepto de remesas enviadas a los familiares en el país, (Gustavo Marín en AICPCH)(2). Las remesas de los chilenos que viven en el extranjero a sus familias han ayudado a estas a sobrepasar muchas angustias económicas y esta contribución no sólo es para la familia misma, sino que alivia la carga del gobierno. La Secretaria de Comunicación y Cultura del Gobierno de Chile sostiene que diversas campañas solidarias realizadas por los chilenos en el exterior han significado aportes en dinero, materiales y equipos por unos 800 millones de dólares, (Gustavo Marín en AICPCH) (2). Por otra parte, muchos chilenos que viven en el extranjero compran propiedades en Chile y deben pagar las correspondientes contribuciones. Es decir, los chilenos que viven en el extranjero mantienen, cual más, cual menos, una directa participación en Chile, a pesar de la distancia.
Otras de las razones dadas es la falta de contacto con la vida diaria de los chilenos, de no sufrir las consecuencias del voto; “leen sobre el Transantiago, pero no hacen la cola para subirse al metro ni esperan en los tacos”. (Ignacio Illanes, director Programa Sociedad y Política, Fundación Libertad y Desarrollo). Esta razón tendría hasta visos poéticos si no fuera tan ridícula, pues en esta misma situación están todos los chilenos excepto los de Santiago, y habría que enmendar la Constitución para que sólo los que viven en Santiago (y usen el Transantiago) puedan votar. Sebastián Piñera dijo en un momento, y estoy parafraseando, “¿por qué un niño chileno, que no sabe nada del vino chileno ni de la realidad de Chile, va a votar?” No cabe duda que es sólo un desliz idiomático (francamente no creo que esté recomendando que los niños chilenos –ni ningún niño— deban beber alcohol), pero deja en claro su indiferencia hacia el tema, ya que en realidad contesta “cualquier cosa”.
Tanto la UDI como RN mantienen una posición de “apoyo” bajo ciertas condiciones, como lo dice el senador Víctor Pérez, Secretario General de la UDI, en La Tercera el 23/02/2009: “la oposición mantiene su condición de facilitar el voto a quienes tengan un “vínculo” real con el país, como haberse avecindado un año en Chile o visitarlo cada cierto tiempo”, condición más que onerosa, de poca practicalidad y abiertamente discriminatoria en base a la capacidad económica de las personas. Ya son muchos los siglos que han pasado desde que sólo los con posición económica podían votar.
Estas posiciones reflejan un temor de parte de la derecha chilena de que los chilenos que viven en el extranjero sean mayoritariamente por la Concertación en general y especialmente en estas elecciones. Sin embargo, todas las experiencias personales que he tenido indican que los emigrantes chilenos tienen proporcionalmente la misma posición política de los chilenos que viven en el país. Para la elección de Ricardo Lagos un grupo de chilenos se reunió en el restaurante La Gaviota de Queens, Nueva York, y se hizo una votación secreta y anónima entre los comensales. El resultado fue prácticamente idéntico a la votación final. Y basta sólo un segundo para darse cuenta que esto es absolutamente normal y que no guarda ninguna sorpresa. En todo caso, negar un derecho por la posibilidad de perder una elección es una actitud que sólo puede tildarse de inmoral.
La discusión sobre el voto de los chilenos que viven en el extranjero es, en realidad, sobre el ejercicio de un derecho consagrado en la Constitución. El interés por los destinos de un país no se centra ni en la persona individual ni en situaciones geográficas. El amor por la patria hace pensar a una persona en cómo quiere que sea el futuro de su país, no los intereses del momento. Por lo demás, una gran número, si no la mayoría, de los chilenos que viven en el extranjero piensan volver algún día a Chile y es obvio que querrán tener injerencia en cómo será ese Chile. También es obvio que debieran tener el derecho a ejercer ese derecho. Además están las familias y amistades que viven en Chile, para quienes los chilenos en el extranjero desean lo mejor. No es entonces una posición auto centrada, sino por el contrario una posición incluyente y de por sí mucho más patriótica que los que desean, y lo han conseguido hasta ahora, excluirnos del proceso político de nuestro país. Los chilenos que viven en el extranjero no son sino el reflejo de los chilenos que viven en Chile. Por lo tanto sus expresiones a través del voto van a ser un reflejo de la realidad política chilena. Van a haber chilenos en el extranjero que no van a tener interés en participar y otros que si van a querer participar, al igual que en Chile. Los habrán que querrán participar más directamente y también los que dejaron de creer en “el sistema” y no quieren participar.
Sin embargo, aún si se aprueba la ley orgánica que languidece en el congreso, el ejercicio del voto de los chilenos que viven en el extranjero contará con algunos obstáculos que los chilenos que viven en Chile no tienen. Tanto la inscripción como el voto mismo se deben hacer en las oficinas de los consulados chilenos. La inscripción, aunque automática, requiere que la persona saque o haya sacado un carnet de identidad chileno, lo que debe hacerse en un consulado. La votación misma requiere trasladarse hasta un consulado chileno, los que, obviamente, no están en todas partes, es decir, hay muy pocos consulados chilenos en cualquier país (en Estados Unidos hay siete más uno en Puerto Rico) y para muchos chilenos va a significar un viaje bastante largo, lo que pone un obstáculo económico en los votantes que viven en el extranjero. Y si bien es cierto que en Chile, las mesas electorales tampoco están en todas partes, la diferencia es obvia. Una solución a este problema es el voto por correo, como se hace en los Estados Unidos, Europa y otros países o, como se está empezando a hacer, a través de la internet, tecnología que ha revolucionado las comunicaciones y que cada día nos ofrece nuevas maneras de comunicarnos y de llevar a cabo innumerables tareas que antes requerían de nuestra presencia física.
Y para terminar, quizás la verdadera solución a este y otros problemas políticos que existen en Chile es partir de nuevo con una nueva Constitución. La actual Constitución refleja una manera de pensar que evidentemente no es de la mayoría de los chilenos, lo que es la antítesis de la democracia. Por bien intencionada que haya sido (aseveración que me produce espasmos, dado el ambiente político de la época), la actual Constitución refleja la manera de pensar de un grupo reducido y también como este grupo pensaba que debieran ser las cosas, no como eran en realidad. Una nueva Constitución, además de incluir a los chilenos en el extranjero, debe tomar más en cuenta la condición humana que los ideales de los distintos grupos, especialmente si estos grupos están redactando un documento de la envergadura de una Constitución. De otra manera seguirán habiendo grupos que de una u otra manera quedarán excluidos, como lo estamos en este momento los chilenos que vivimos en el extranjero.
Bueno, eso sería (casi) todo por ahora y ya veremos qué pasa, pues la esencia de la vida es el cambio.
Por Marcelo Montealegre, desde Nueva York
Octubre de 2009
NOTAS:
1. http://www.larioja.com/20090524/rioja-region/urnas-entre-mundos-20090524.html
2. http://www.aicpch.com/index.php?option=com_content&task=view&id=56&Itemid=73
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