Hoy me levanté temprano a votar. Partí al consulado chileno en Boston, ubicado en el pasaje O’Higgins, en un suburbio de la ciudad, pero estaba cerrado. Decía que, en caso de emergencia, llamara al consulado en Nueva York. Como andaba con mi celular, llamé a Nueva York inmediatamente. Todavía tenía tiempo de volar o manejar hasta Manhattan, pero me preguntaron de qué se trataba mi llamada. Les dije que tenía que votar, que estaba inscrito, que sabía de los candidatos, y que quería cumplir con mi obligación de ciudadano.
Le expliqué que me podría llegar una cita judicial por no votar, pero la secretaria me respondió, en inglés, que los funcionarios ya se habían ido a votar, que se habían ido volando.
No entendí. ¿No tienen acceso a Internet en el consulado? “Debe ser que ahora se vota de otra manera”, pensé. Así que fui a la casa a prender el computador, para tratar de votar a través de uno de los sitios del gobierno destinados a las inquietudes de la ciudadanía, pero no conseguí conectarme. “Debe ser que los chilenos de la decimocuarta región están tratando de votar porque algo nos dijeron antes de la elección anterior”, pensé. “Debo ser uno de los tantos cientos de miles de chilenos que viven esparcidos por el mundo, quizás todos están tratando de votar y se cayó el sitio destinado a nosotros. Pero no hay que ser pesimista”.
Entonces, llamo a La Moneda y me dicen que tengo que presentarme en mi mesa de votación. Pegunto, ¿dónde está la mesa en Internet? Pero me responden que tengo que ir a la ciudad donde vivo, en donde debo estar inscrito. Les digo que vivo en Boston hace una década. El carabinero de guardia me dice que va a buscar en los libros dónde está esa ciudad llamada Boston, pero no la encuentra, sólo le suena la provincia de Bío-Bío. “Está bien, gracias”, le contesto.
Llamo a la embajada chilena en Washington y me responde la esposa de un funcionario: “no soy chilena”, me dice, “me casé con él cuando estaba exilado en Suecia”. “El embajador y sus funcionarios viajaron a Santiago anoche para votar”. Le pregunto si había un charter para los chilenos, pero me dice que no. Le pregunto dónde está mi mesa aquí en los Estados Unidos, por último que me dijera si había una en Montreal, ya que todavía alcanzo a viajar para esos lados. Sin embargo, me dice que no sabe, que está preparando la celebración de la nueva Presidenta (“¡qué honor que tengan a una mujer, me dice orgullosa!”). No entendí cómo es que ella sabe quién gana. Me comienzo a poner nervioso porque hay dos horas de diferencia con Santiago y las mesas se van a cerrar.
Conecto la radio Cooperativa en Internet y ya empiezan a informar que hay conteo, entremedio de comentarios deportivos. Que los hombres, que las mujeres, que la tranquilidad, que pifian a un tipo de la UDI, que el presidente estaba orgulloso, que la civilidad chilena es admirada en el mundo, en fin.
Parece que me estoy quedando sin votar, como casi el millón de chilenos que vive fuera del país. Nos quedamos botados sin resquicio. ¿Dónde está mi candidato? ¿Dónde está mi candidata que me permitirá tener una mesa de votación? ¿Dónde está la solidaridad de los votantes chilenos con aquéllos que están afuera? Me recuerdo de mis amigos mexicanos, peruanos, daneses, españoles, noruegos, italianos, alemanes: todos votan por estos lados cuando las elecciones se avecinan.
Me quedé sin votar, me quedé botado.
Por Gonzalo Bacigalupe, desde Boston
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