Paradójicamente fue la palabra “no” la que permitió la reaparición del verbo “votar” en el diccionario nacional. Eso sí, con ciertas restricciones, pues bien es sabido que el límite entre libertad y libertinaje es difuso y la libre conjugación de este verbo puede dejar desastrosas consecuencias como la ocurrida aquel fatídico 4 de septiembre de 1970, nos recuerdan con frecuencia los capataces de este largo y angosto fundo llamado Chile.
Fue así como los evangelistas del capital, tras lo que bautizaron como “levantamiento militar”, se reservaron el derecho exclusivo de conjugar este verbo en primera persona durante tantos años. Más tarde, en un descontrolado arranque democrático, para cerrarle la boca al resto del país, terminaron decretando que el verbo votar podría ser conjugado no sólo en primera sino también en segunda persona. Pero fue también entonces cuando el uso del “ellos” en la conjugación de este verbo fue borrada en la lengua de los capataces. Eso, en un país unilingüe cuyo único lenguaje permitido es el neoliberal, es ley.
Hay más o menos un millón de “ellos” que, como almas en pena, viven con la mente centrada en un país que los niega. Primero fueron desterrados y después desconjugados. Pero a falta de voto buenas son sus voces. Alentar a la selección chilena de fútbol cuando juega partidos en el extranjero, es un acto levantado casi como símbolo de reconciliación, pero gritar contra el Tartufo chileno durante sus quinientos tres días de detención en Londres, es un hecho que rompe contra todo ese “espíritu reconciliador”. “La voz les basta y el voto les sobra”, ha pasado a ser una de la máximas de la prédica neoliberal para referirse a los desconjugados. Esa es la suerte de los desheredados de Chile.
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